El orgullo no es un buen compañero de viaje.
Por él abandonamos algún que otro sueño, alguna sonrisa, alguna charla, algún momento de complicidad e incluso grandes momentos de felicidad.
Sólo sirve cuando se usa para la propia superación, para no dejarse vencer por el desánimo, para levantarse tras las caídas y para ganarle una batalla a la vida... Es una motivación interna que hace sacar fuerzas de flaquezas y conseguir el objetivo perseguido.
Pero, realmente no es el uso que se le da... sino que el orgullo sale tras una pelea o malentendido, tras sentirse defraudado o traicionado, molesto o tirante. Y en estos casos no es positivo.
Se hace daño... no se pone ni el más mínimo interés en arreglar lo que se vino abajo y se potencia el malestar.
Por esto mismo, se pierden momentos importantes de la vida, se desperdicia el tiempo con esa persona que poco le queda para partir e incluso se pierde a personas que hacían una diferencia en nuestras vidas.
Y cuando ya todo ha pasado, cuando miras hacia atrás y ves lo torpe que has estado te echas a llorar porque algo que podía haberse arreglado, se dejó perder.
Y ya es tarde para solucionar, ya es tarde para regresar a aquellos buenos momentos que juraste no abandonar.
Y ahora, ¿qué harás? ¿dejarte vencer por el orgullo o aprender a ganar?
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